En un país donde el fútbol es una de las mayores fuentes de ilusión colectiva, las palabras de quienes dirigen y representan al deporte no son un asunto menor. Las recientes declaraciones de un entrenador y de un ministro han vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: el verdadero estado del fútbol nacional y la responsabilidad de quienes tienen poder y autoridad.
Las declaraciones públicas no tienen el mismo peso cuando provienen de un entrenador que cuando salen de la boca de un ministro. El primero gestiona un grupo y un proyecto deportivo; el segundo representa al Estado y habla desde una posición de poder institucional. Por eso, en una sociedad regida por jerarquías, autoridad y responsabilidades, no se puede poner ambas voces al mismo nivel.
Cuando el seleccionador Michá afirma: “Es fútbol, sepan que no somos ni Alemania ni Brasil ,somos una selección pequeña”, está describiendo una realidad deportiva con la que se puede estar o no de acuerdo, pero que se enmarca dentro de un análisis técnico y competitivo. Es una frase que, aunque dura, busca contextualizar expectativas.
Sin embargo, cuando el ministerio de Deportes declara: “Guinea no va a terminar por asuntos de fútbol”, el mensaje es distinto y más abrumador. No solo minimiza el impacto social y simbólico del fútbol, sino que transmite desinterés institucional hacia un deporte que une al país y proyecta su imagen al exterior. Por su cargo, sus palabras no son solo una opinión: son una señal política.
Las palabras tienen poder, y aún más cuando las pronuncia alguien que juró un cargo público. No se trata de dramatizar derrotas deportivas, sino de entender que el discurso oficial influye en la motivación de jugadores, técnicos, dirigentes y aficionados. El fútbol no “termina” un país, pero sí puede fortalecerlo o debilitarlo según cómo se gestione.
Las dos derrotas recientes de la selección no son una casualidad. Son el reflejo de un problema más profundo. Si se analiza la raíz, aparecen viejos males: desorganización, falta de coordinación y un conflicto permanente entre la FEGUIFUT, el Ministerio de Deportes, la prensa deportiva y los propios protagonistas, que son los jugadores del Nzalang Nacional.
Mientras continúe este ruido constante, este cruce de declaraciones y responsabilidades, será muy difícil obtener buenos resultados. El fútbol necesita dirección clara, respeto institucional y un proyecto común. No basta con señalar errores después de perder; hace falta asumir responsabilidades antes de competir.
Como ya cantó Adjoguening en su día, el fútbol de nuestro país vive en un escalón que nosotros mismos hemos construido. Cambiarlo no depende solo del talento en el campo, sino de la seriedad, el compromiso y el respeto con el que se trate al deporte desde las más altas esferas.
Autor: Ezequiel Ntugu Esono Bindang
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