Opinión

El alcohol adulterado 'Biñeng', la plaga silenciosa que devora vidas

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Por: José Alfonso Ondo Ondo Mayíe 

Fue a principios de los años 2000 cuando el gobierno de Guinea Ecuatorial prohibió el Kay-Kay, aquella bebida de alcohol bruto que, aunque barata, arrastraba a centenares de consumidores hacia la enfermedad, la dependencia y, en muchos casos, la muerte. La medida fue dura y no todos la celebraron. Para muchos, significó el fin de un negocio o de una costumbre; para otros, representó la oportunidad de salvar vidas.

El Kay-Kay era un alcohol bruto, barato y accesible para toda la población. Su presencia en barrios como Campo Yaundé —conocido popularmente como New Billy— se convirtió en parte de la vida nocturna. Los bares que lo vendían eran concurridos, y el precio irrisorio de la bebida la hacía asequible para cualquier bolsillo: apenas 500 francos CFA por litro, o 100 francos CFA por un vaso lleno.

Recuerdo con claridad el bullicio del barrio Campo Yaundé, en Malabo, conocido popularmente como New Billy. Allí, en la esquina de cada calle, se alineaban los bares donde se servía Kay-Kay como si fuera agua. Mi tío, militar destinado en el cuartel Acacio Mañe Ela, solía cruzar la carretera para sumarse a esas veladas de bebida. El regreso era siempre el mismo: tambaleante, irreconocible, perdido entre los vapores del alcohol; pero lo más lamentable, al final del mes, era él el que quedaba debiendo al Estado.

El precio era parte del problema. Un litro costaba apenas 500 francos CFA y un vaso lleno apenas 100. La accesibilidad convirtió al Kay-Kay en la bebida de la mayoría. La población de Malabo, especialmente los más jóvenes, fue cayendo presa de la adicción. Los rostros flacos, el apetito perdido y los cuerpos debilitados eran señales visibles de que algo andaba mal.

Finalmente, el gobierno actuó. Prohibió la producción, venta y consumo de esa bebida nociva. Fue un paso firme, un corte necesario en la historia de un país que había normalizado beber veneno.

Sin embargo, dos décadas después, la historia parece repetirse. Hoy, la amenaza tiene otro nombre: Biñeng o Kitoko, alcohol en bolsitas de plástico proveniente de Camerún. A diferencia del Kay-Kay, no se produce localmente, pero llega en cantidades alarmantes a zonas de la región continental, sobre todo en Ebibeyín, ciudad fronteriza con Camerún.

En Camerún, su fabricación fue prohibida en 2014, luego de que se reportaran muertes en masa y graves enfermedades entre sus consumidores. Aunque los productores parecen no haber acatado al mandato, ya que la producción sigue en aumento, a juzgar por las grandes cantidades que llegan zonas de Guinea Ecuatorial. El metanol, usado como sustituto barato del etanol, es el veneno oculto en cada bolsita. La Organización Mundial de la Salud lo rechaza de manera tajante, pero en las calles y mercados de Guinea Ecuatorial se vende libremente. Su precio es irresistible: 100 francos CFA por una dosis.

Mientras en Camerún asociaciones de consumidores presionan para erradicar la bebida, en nuestro país el Biñeng gana terreno, especialmente entre los jóvenes de comunidades rurales. Los efectos ya se dejan ver: cuerpos frágiles, enfermedades repentinas, miradas apagadas. Es la misma estampa que dejó el Kay-Kay, pero en un escenario nuevo.

Hoy, Guinea Ecuatorial enfrenta una disyuntiva. Repetir el coraje de principios de los 2000 y frenar el consumo de esta sustancia, o mirar hacia otro lado hasta que sea demasiado tarde. El recuerdo del Kay-Kay nos muestra lo que está en juego: vidas, familias, futuros. El alcohol adulterado, en cualquiera de sus formas, sigue siendo el asesino silencioso que se esconde en un vaso barato.

Pero este bajo coste escondía una trampa mortal. Muchos consumidores, en especial jóvenes y trabajadores de bajos recursos, desarrollaron adicción. La bebida no solo deterioraba la salud física —provocando pérdida de apetito y desnutrición evidente— sino que también generaba graves consecuencias sociales. Ante esta situación, el gobierno tomó la dura pero necesaria decisión de prohibir su producción, venta y consumo. A pesar del rechazo inicial de consumidores y productores, la medida sentó un precedente claro: la salud pública debía estar por encima de cualquier interés económico o cultural.

No se trata solo de prohibir, sino también de educar. Campañas de sensibilización, programas de prevención y alternativas de ocio saludables pueden complementar las medidas legales, evitando que nuevas generaciones caigan en las mismas dinámicas de consumo destructivas. 

Aun cuando no lo expresen directamente, las personas presas en ese vicio piden a gritos el socorro para salir de esa caverna y ser útiles para sus familias y el país.

La historia del Kay-Kay nos recuerda que la tolerancia hacia las bebidas alcohólicas adulteradas tiene consecuencias devastadoras en la sociedad. Hoy, el Biñeng o Kitoko representa una amenaza similar, quizá más grave por su forma de distribución masiva y su bajo coste. Si no se actúa de manera urgente, Guinea Ecuatorial podría enfrentarse a una crisis de salud pública comparable o incluso peor que la vivida dos décadas atrás. La responsabilidad recae tanto en el Estado como en la sociedad civil: proteger la vida y la salud debe prevalecer sobre cualquier interés económico o costumbre cultural.

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