La reciente polémica que envuelve al Nzalang Nacional tras la negativa de algunos jugadores a viajar a Malawui y la posterior destitución del seleccionador Juan Micha, no es un hecho aislado. Es solo otro capítulo de una historia que Guinea Ecuatorial viene repitiendo desde hace años: el fútbol como síntoma de un sistema más profundo y desgastado.
Desde hace tiempo, el Nzalang no sufre por falta de talento, sino por la falta de estructura, transparencia y planificación. Vuelos mal gestionados, convocatorias improvisadas, pagos incumplidos, comunicación deficiente entre jugadores y federación.
¿Hasta cuándo?
En lo deportivo, el problema es evidente: sin proyecto a largo plazo, sin dirección técnica respetada y sin condiciones mínimas, no hay resultados sostenibles. Pero el verdadero origen del caos no está en el banquillo. Está más arriba. La FEGUIFUT, como muchas instituciones del país, opera sin control externo ni rendición de cuentas. Se toman decisiones políticas, no técnicas. Y como siempre, el culpable es el más fácil de señalar: el entrenador, los jugadores "españoles".
En lo simbólico, el fútbol se usa como herramienta de imagen. Cuando se gana, se glorifica. Cuando se pierde, se esconde el polvo bajo la alfombra. Esta lógica debilita la identidad de la selección y fractura la relación entre jugadores, cuerpo técnico y afición.
Hoy no basta con cambiar nombres. Es hora de romper el ciclo. Y para hacerlo, el país necesita un modelo deportivo serio, profesional y, sobre todo, independiente de la inercia política.
Porque el fútbol, cuando se gestiona bien, no solo llena estadios. También educa, une y proyecta futuro.
Por: H. Demarhy
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